Los
Nuevos Trabajos de Williams
Alfonso Castrillón Vizacarra en el catálogo de la exhibición
Obras recientes 1998
En 1996 Armando Williams regresa de Nueva York con intenciones
de quedarse en el Perú. La estadía en el extranjero fue un paréntesis
de 12 años en que el artista vivió "desentrañado"
del Perú, que es Lima, reflejo de todos los problemas del país.
El viaje fue como un querer borrar las imágenes y las vivencias contradictorias,
para ofrecer una superficie perfectamente limpia donde las nuevas experiencias
dejan su marca: fue un acto de pureza absoluta que dio paso al asombro. Frente
al mundo cultural newyorkino, cosmopolita, apremiante y múltiple, Williams
queda deslumbrado y ese estado de ánimo lo asume en una contemplación
de espacios reverberantes, como si fuesen "close-ups" de aguas impresionistas
o acercamientos de rugosidades, ambos de una regularidad pasmosa e hipnótica
voluntariamente abstractas.
Eso es lo que vimos en Lima a su regreso y lo que Williams nos propuso entonces
consistía en una pintura para los ojos, puramente retiniana: las sutiles
aplicaciones del pigmento sobre la tela se quedaban obstinadamente en el plano.
El asunto comenzaba en los ojos y moría en la superficie del cuadro.
La propuesta de Williams en esta segunda exposición, luego de permanecer
dos años en el Perú, es otra, desconcertante y fascinante. El
punto de partida han sido las superficies rayadas (la continuidad con el trabajo
anterior es notoria), de la regularidad esencial (a la que había llegado
por un aprendizaje de continuos despojamientos casi minimal), al ejercicio
azaroso de un pincel que recorre la tela sin voluntad componiendo ovillos
enrevesados o que repasa pintando con intención de borrarlo; el uso
de disolventes que se lleva los colores como una marejada y deja manchas caprichosas
sobre la superficie, Williams desde hace tiempo recurre a las tachaduras y
los borrones: la inconformidad no se oculta se hace evidente en un acto de
transparente honestidad. Hoy son las manchas (logradas vertiendo al azar el
óleo disuelto) de un "Rorschach" inventado donde el espectador
va descubriendo las figuras, sombras, "huacos sangrantes", rostros
espectrales, ovillos enrevesados como nudos gordianos que tienen que deshacer.
De la contemplación hipnótica Williams ha pasado a la introspección
desvelada a preguntarse quién es y qué hace nuevamente en el
Perú, como si las manchas fueran un test que el mismo aplica para averiguar
sobre su paradero. No hay duda de que el Perú lo ha golpeado y la respuesta
no se ha hecho esperar, su pintura otra vez entrañable, tocada por
la realidad, crónicas de sus estados de ánimo, búsqueda
insaciable e intensa que nunca termina.