Los
espacios interiores
Individual de Armando Williams en la galería Lucia de la Puente
Doris Bayly en Revista Somos No. 698, 22 de abril del 2000, Pgs 48-49
La superposición de colores sobre el lienzo plano partiendo de
nada, siguiendo sólo un ritmo, más que una idea o un concepto,
buscando llegar, después de la nada, a lo inasible, a ese espacio
más allá de todos los espacios posibles, para encontrar
eso, la música, una nueva versión del silencio que en
sí mismo lo explica todo. Esa es la apuesta de los abstractos
de Armando Williams
Uno de los diez óleos que pone Williams
desde este jueves en la galería Lucía de la Puente se
llama Energía. Es como si la eléctrica y disociada atmósfera
que se cuece cualquier mediodía bajo el sol del desierto, hubiese
sido atrapada. Y está allí en el lienzo, cautiva y en
perpetuo movimiento. Las líneas, un iridiscente nido de lombrices
amarillas, perfectamente entreveradas y absolutamente únicas,
como los espaquetis de un gran plato, vibran de cuando en cuando, huyendo,
de la forzosa quietud a la que estarían condenadas por su condición
de ser, no ondas eléctricas ni lombrices amarillas, sino líneas
de óleo sobre tela. Y entonces, el distraído espectador,
sucumbe ante el magnetismo, recibe un electroshock y cae. O accede,
en su nueva condición de iniciado, a un nivel distinto de percepción.
"Existe un territorio de realidad subyacente. El espacio funciona
como un tejido formado por incontables hilachas y cintas que conducen
a varios caminos y laberintos. Un espacio de seducción y memoria
que lleva a una particular visión del propio ser. Hago foco en
acciones más que en objetos, en el pensamiento abstracto más
que en formas abstractas. En el análisis final intento que mi
trabajo simbolice pensamiento o memoria, no que los ilustre". Williams
escribe a veces sobre lo que hace con la lucidez de un crítico
y con el conocimiento de un plástico. Pero frente a sus cuadros
no habla. Mira, contempla largamente, escucha el nuevo ritmo del color
recién aparecido, espera y, por último ataca el óleo,
certero y ausente, inmerso en su propio mundo interior, tan coherente
como alucinado. Ido.
No todos los óleos presentados en esta individual -destacan
Huayco, Laberinto, Código
y Presencia II- buscan la compleja dicotomía
entre los varios espacios interiores y exteriores. En Esencia (azul)
y Olvido/ Memoria (amarillo), la superposición de colores se
resuelve en un discurso profundamente silencioso, casi místico,
que podría remitir a la poética oriental del hai-ku. Curiosamente,
en estos dos cuadros se encuentra cierta similitud con el código
empleado por el artista en sus grabados, donde la deliberada economía
y sobrio manejo, tanto el trazo como el uso del color, se pone al servicio
de la intensidad que busca ser transmitida. Y que de hecho se percibe,
con secreta fruición.
"Lo abstracto no explica, debe estar explicado en sí mismo.
Para explicar las abstracciones, uno debe comenzar por formas abstractas
y preguntarse cómo ellas se realizan en el mundo y cómo
son abstraídas de él", dice el texto de Williams.
Preferiría que el mío acabara en el gran silencio del
cuadro azul.