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Alfonso Castrillón Vizacarra, catálogo de exposición, Galería
de la Universidad Ricardo Palma, julio de 1997
El caso de Armando Williams puede ilustrar el desarrollo
de un joven artista plástico peruano en camino de la madurez, luego
de continuas búsquedas, tanteos, silencios y replanteos, en pos de
una técnica cada vez más depurada.
En la década de los ochenta se habría presentado como un pintor
fuertemente por la realidad peruana de esa época: el motivo del "fardo
funerario", (que también interesó a otros pintores contemporáneos)
está presente en la serie de grabados con que ganó el concurso
del ICPNA y su significado es obvio. (Violencia y muerte fueron los referentes
de muchos creadores de entonces). Pero todas esas figuraciones, se sometieron
al más serio cuestionamiento, siguiendo una actitud de exigencia personal
que caracteriza a Williams, donde un procedimiento de tachaduras voluntarias
terminaron por encubrir lo representado.
En EEUU. desde 1984, donde luego de un intermedio de búsquedas y aprendizaje
en el Pratt Institute de Nueva York, opta por una técnica que privilegia
la superficie cromatizada, una suerte de neoimpresionismo abstracto (si cabe
la denominación), grandes close-ups de "reflejos sobre el agua",
de texturas de cortezas de árboles, que solicitan con insistencia la
retina del espectador. Pero la superficie del cuadro no es una barrera infranqueable,
todo lo contrario, está concebida como un espacio penetrable y envolvente.
Y hay algo más, se va haciendo con los días y los meses, ya
que el pintor va agregando continuas capas de pintura, en un proceso lento
de maduración, que quizá no termina nunca. Todo está
vivo mientras esto sucede: la vida del pintor se enlaza con la vida de la
obra, hasta convertirse en una razón de ser. Sin embargo, como en el
mundo natural, este proceso termina un día y allí acaba esa
íntima relación entre el pintor y su obra, sostenida diariamente,
para que comience otro ciclo, el de la obra y el público, la galería
y el museo. La entrada a este circuito indica también la entrada al
"otro mundo", al mundo sin tiempo de la obra concluida. Esto, que
muy pocos espectadores advierten, lo saben íntimamente los artistas
plásticos: cada obra terminada es una muerte mentida.