ARMANDO
EL NIDO
Jeremías Gamboa, Revista Somos, No 778, 3 de noviembre de 2001
La fotografía colgaba de una de las paredes
del estudio de Armando Williams en Nueva York y con motivo de las exposiciones
recientes el artista la ha traído a colación: en la imagen,
captada desde el cenit, aparecía un indígena absorto en
el trazado de un mandala, un diseño recurrente que en su nivel
básico puede ser un simple un trazo continuo y que remite a un
orden cósmico, llenando ciertos horrores al vacío.
-Cuando realizaba estos cuadros -agrega Williams- tenía esa imagen
activa en mi memoria.
La asociación no sería sugerente si es que los cuadros
que lo rodean no fueran en cierto modo el resultado de un proceso visual
íntimamente relacionado con su reciente experiencia en la selva
peruana. Pero además porque todos ellos han sido ejecutados básicamente
a través de la operación primaria del trazo lineal. Sentado
frente a la tela en la meditación del próximo movimiento,
o quizás interviniéndola y resolviendo el vacío
del lienzo mediante una trazo franco de color -elemento que se suma
a otros similares, enredados en el espacio-, el realizador podría
ser entendido como un indígena ilustrado trazando su propio mandala
formal, una línea constante para paliar el horror a un vacío
de carácter expresivo: si no ejecuta el trazo, no violenta la
superficie, se aleja del objetivo de la actividad creativa: la trascendencia.
Las casas de los artistas suelen presentar un aspecto caótico
antes de una exposición. La de Williams tiene un cariz babilónico
(el pintor expone en dos lugares al mismo tiempo). No hay espacios domésticos
reconocibles, salvo un sinnúmero de hilos que trepan por todos
lados y que parecen configurar un nido (es fácil realizar esa
asociación si se escucha atentamente el sonido infatigable de
los pájaros que habitan su estudio), una suerte de guarida protectora
de aquello que ha sido concebido. Si se repara en el proceso plástico
el símil cobra sentido: algunos trabajos son el verdadero fruto
de un parto. El díptico Sal del monte Kumu
(se puede apreciar
en esta página) es un claro ejemplo. Es una obra formidable para
describir la última parábola que, en un nivel formal,
ha descrito el trabajo Williams. El panel de la izquierda responde a
una dicción visual característica de lo que podríamos
llamar su "etapa" anterior -trazo compulsivo, casi nervioso,
que se retuerce como una madeja explosiva sobre la superficie-; en el
panel de la derecha, por el contrario, una línea que ha nacido
de la zona izquierda se despliega, solitaria, anunciando de alguna forma
los nuevos mecanismos plásticos del artista; se trata de un hilo
que engarza dos modos de sintaxis visual. Si bien los cuadros le toman
por lo general dos meses o tres, Sal del monte Kumu, "obra bisagra"
o "de tránsito" le ocupó dos años. En
la coexistencia de ambos registros sobre la tela, en sus propias contradicciones
-que activan el sentido-, en sus
certidumbres y retrocesos, hay una prueba de la ablación que
Williams ha hecho de aquello
que se conoce como "estilo".
-Hay una concepción modernista del "estilo" -remarca
el pintor-. Se trata de un discurso que prescribe que el artista debe
tener uno, tiene que luchar toda su vida para conseguir uno. Eso no
tiene validez.
El espectro camaleónico de las telas de Williams a lo largo de
unos pocos años puede reforzar esa certidumbre, y de paso generar
cierta incomodidad en un público como el limeño, acostumbrado
a "reconocer" con facilidad a sus pintores y a asociarlos,
en una unidad indisoluble, a ciertos ejes temáticos o formales.
Su trabajo, por ejemplo, ha socavado el lindero establecido entre lo
abstracto y lo figurativo, muchas veces con una especial ironía,
y ha saltado a través de los formatos. Para la muestra en Artco,
que es una bipersonal compartida con Luisanna González, ambos
artistas han echado mano del vídeo.
-Hay también una manera modernista que entroniza la vanguardia
y con ella el formato en boga. Todo medio es importante si hay validez
en el discurso.
A un lado hay una tela casi virgen, sobre su espacio serpentea una sola
línea. Es lo que se denomina una pintura en proceso. Hemos sostenido
dos conversaciones en el lapso de una semana y casi podría asegurarse
que la tela no ha sido tocada. Williams ejecuta la obra después
de mucha meditación, de un diálogo sordo y denso con la
forma última que tiene el cuadro ante sus ojos. De pronto encaja
la siguiente línea. En ese lento rumiar delante de la tela suple
el boceto que de alguna forma "agota" o "resuelve"
a priori los reales problemas de la realización plástica,
del razonamiento visual, del encuentro frontal con el soporte.
-Siento que si parto del boceto estoy cancelando lo más importante
en mi trabajo, el proceso
Y éste no se agota en los confines del lienzo. Williams confiesa
que va a trazar líneas por las paredes de la galería del
Icpna. Tomando en cuenta que además reproducirá en la
sala el trino de los pájaros que viven en su estudio, no sería
descabellado suponer que con ello extiende metafóricamente el
nido -esa matriz que es su taller- sobre las obras recién "alumbradas".